Por una política de inmigración compensatoria

El libre desplazamiento desde Haití de una masa irredenta que busca trabajo, salud y educación en el país, contrasta con que, al mismo tiempo, se encarcela como delincuentes a la mayoría de los que vienen desde Venezuela a lo mismo, a vivir, a encontrar un espacio para desarrollar sus familias tras el éxito del chavismo en lograr la meta más alta de la incapacidad gubernamental: el desabastecimiento, en una nación que tiene en sus entrañas las más grandes reservas de petróleo del mundo.

Ya los que vienen desde Haití han logrado desplazar la mayoría de los dominicanos de las labores agrícolas pagadas y de la construcción.

Los desplazados locales han buscado sitios a su vez en opciones migratorias distintas, así como en otros oficios locales.

 

La masa emigrante dominicana a Nueva York es semejante a la haitiana en la R.D., con mejores salarios, más posibilidades para la formación de sus hijos y genera un flujo de remesas imprescindible para el precario equilibrio de entrada y salida de divisas locales.

Pero es evidente que, fuera de la presión sobre los salarios en los espacios de agricultura y construcción que genera la mano de obra haitiana, no es mucho más lo que puede esperarse de quienes provienen de un páramo sumido en una crisis política interminable desde febrero de 1986.

Mientras, el país necesita maestros a todos los niveles, y empresarios capaces de desafiar el oligopolio local que se caracteriza por la modorra y la escasez de iniciativas; la presencia de valores e iniciativas que desafíen a lo existente para el desarrollo de nuevas ideas e inversiones.

Hoy, en el desvencijado Centro Vacacional para maestros de Haina viven hacinados decenas de venezolanos que vinieron a trabajar al país, y esperan allí una deportación inminente e inclemente que les lleve de nuevo a soportar las incapacidades del gobierno que envilece su país, mientras se acoge sin contratiempos a ladrones del mismo origen, perseguidos por las autoridades policiales de otros países y capaces de tener en sus cajas fuertes hogareñas unos 400 mil dólares.

Entre los que esperan la compasión de la autoridad dominicana, se encuentran médicos y profesores universitarios.

Al mismo tiempo, coexiste la indiferencia culposa del país frente al drama migratorio de los países árabes.

Esos países cuentan aquí con una colonia sólida, que ha construido fortuna y estirpes con mucho trabajo y dedicación y hoy, en vez de propiciar centros de acogida para los que vendrían a renovar sus ramas ya ancianas, guardan silencio triste de quienes se sienten temerosos de compartir su bienestar con sus connacionales.

¡Ni un solo árabe, ni un solo palestino, sirio o libanés de los millones que deambulan hoy en Europa en busca de refugio ha sido recibido por el pueblo dominicano!

Pensar que Trujillo, por lo que fuera, acogió inmigraciones judías y españolas en el marco de la expansión del nazismo y de la Segunda Guerra Mundial; que los dominicanos que nos vimos obligados a salir de nuestro país perseguidos por él fuimos acogidos en todos los países del mundo donde tocamos las puertas, particularmente en Cuba, en Venezuela, en España, en México.

Hoy disfrutamos de una situación que invita a muchos a acogerse a nuestro relativo bienestar y somos incapaces de extender con generosidad el brazo solidario que demandan sus emigrantes, con todas las ventajas que podrían derivarse de una compensación inmigratoria de la incontenible presencia haitiana cuyos efectos, ya se ha dicho, tiene efectos limitados.

La inmigración de cubanos durante la Guerra de Independencia transformó el país; la española de la Guerra Civil preñó la cultura y el arte de nuevas ideas; la judía transformó la agricultura y la pecuaria, introdujo el procesamiento de la leche y la elaboración de embutidos, la árabe no ha generado un solo mendigo en cien años y sí fortunas y familias respetables integradas como propias a la vida local.