Para el bronce…

La debilidad de las instituciones por un lado y la escasa conciencia democrática de sus roles de muchos de los dirigentes políticos por otro, hace que los grupos de presión tengan el éxito que tienen evitando el fortalecimiento de las instituciones.

“¡No temas preguntar, compañero!
¡No te dejes convencer!
¡Compruébalo tú mismo!
Lo que no sabes por ti,
no lo sabes.
Repasa la cuenta,
tú  tienes que pagarla.
Apunta con tu dedo a cada cosa
y pregunta: “Y esto, por qué?”

Bertolt Brecht

En las sociedades democráticas, el debate tiene una presencia permanente, es parte de la cotidianidad, hasta el punto de que la ausencia de debate se interpreta de manera casi automática como ausencia de  democracia. Pero ya sabemos cuantos enemigos, declarados o no, viejos y nuevos, tiene la doña. Una forma de evitar el debate democrático de las ideas es exigirle a quienes quieran participar del mismo virtudes muy difíciles de encontrar en los simples mortales (que suelen ser los ciudadanos preocupados de la suerte de sus pueblos). También en el afán de debilitar su poder se piden argumentos, para eliminar a los que presumiblemente no los tienen, o diplomas, o hasta se les perdona con un indulgente “es mi hermano, pero…” 

Durante la semana que recién termina por razones totalmente ajenas a mi voluntad vi televisión en horas de la mañana. No compartir con ustedes la aventura me pareció inconveniente. La sorpresas son de grados diferentes, y entre tanto ruido uno está obligado a distinguir entre las opiniones distintas con las que se discrepa, de las desvergonzadas vagabunderías. Aparte de que no podemos olvidarnos del sentido común que es el que nos protege de esa lógica de “Foro Público” que aún sobrevive, pues de ella se siguen beneficiando algunos comunicadores quizás -entre otras nada extrañas razones- porque nadie les contesta.

Entre las expresiones que de tanto abusarlas ya producen costumbre está aquella de “Representantes de la sociedad civil”. Pero a decir verdad el premio mayor de estos días se lo llevó un economista cuando se despachó con que “Yo no sé a lo que le llaman neoliberalismo”.  No pude evitar la recomendación que me salió en voz alta frente a la tele: “si alguien quiere saber de neoliberalismo le bastará leer algún boletín del “CREES”.

Les cuento que también oí esta joyita a propósito del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) y que el entrevistador dejó pasar como si nada: “¿Qué sabe Josefa Castillo de cómo se eligen jueces?” Esto dicho por un abogado que parece sí saber cómo elegir jueces aunque él no sea parte del Consejo que de acuerdo con la Constitución debe elegirlos. El competente abogado, dueño de otras citas notables como aquella de que “Hay quienes hacemos política fuera de los partidos” (en realidad eso se llama cabildeo), es definitivamente muy perseverante y volvió a resucitar la pauta para seleccionar a los jueces idóneos.  Uno no puede evitar pensar  que lo que quisiera, con seguridad y aunque no se atreva a decirlo, es que los jueces fueran seleccionados en su oficina con la participación de algunos de sus exclusivos clientes. 

Otra joya de la que en el 2011 se hicieron eco asépticamente los matutinos fue aquello de “CONEP dice Reglamento Ley Orgánica CNM fue festinado”. Nuevamente, con la fe del carbonero, vuelven a la carga: “CONEP presenta propuesta para modificar reglamento de ley que crea CNM”.  Como si se tratara de un homenaje a la institucionalidad que tanto dicen reclamar, la imprudencia se cometió en una Mesa Redonda Sobre Seguridad y Justicia “con el auspicio de USAID”. En todo caso el climax llegó cuando no conforme con haber  “ninguneado” antes en la tele a la diputada Castillo, el mismo personaje lanzó un  manifiesto verdaderamente  sedicioso: “Porque Danilo Medina tampoco tiene ninguna capacidad técnica para hacer esa evaluación, ¿o es que el Presidente Medina ha hecho cursos para especializarse en los temas de evaluación de esta naturaleza,  o estudió derecho?. No, no solamente el Presidente Medina, ninguno de los miembros del Consejo Nacional de la Magistratura tiene la capacidad técnica para conducir una evaluación de esta naturaleza.” Digamos que aunque al don no le guste, ese Consejo es el que va a elegir a los jueces.  Y digamos también que busqué la “letra chica” del auspiciador y no encontré esa frase salvadora que debería decir: “USAID no se hace responsable ni necesariamente comparte las opiniones expresadas por los participantes”. No es por nada, pero convengamos que no se ve bien que un organismo internacional patrocine eventos en los que se escuchan tamaños desafueros.

Aprovechando el envión, Participación Ciudadana propuso que al CNM se le incluyan ¡¡técnicos!! (¿sicometristas?) Por suerte apareció al menos un diputado que les dijo nananina,  porque esa propuesta ya es la prueba de que no entienden absolutamente nada:  cada uno de los integrantes del CNM no solo tiene el derecho, tiene también la obligación de buscar sus asesores, pues sus decisiones, de acuerdo con la Constitución, son su responsabilidad política.  Sí, política. Agradecería que alguien pudiera explicarle a este país con una hilacha de teoría política qué hace el CONEP opinando sobre estos temas. No estoy negando que se podría y que hasta deberían, por ejemplo, las instituciones académicas trabajar el tema. Lo malo es que quizás  los académicos están demasiado ocupados en cómo conseguirse un decanato.

La debilidad de las instituciones por un lado y la escasa conciencia democrática de sus roles de muchos de los dirigentes políticos por otro, hace que los grupos de presión tengan el éxito que tienen evitando el fortalecimiento de las instituciones. Peor aún, amparados en el síndrome del “Foro público” muchas veces se la pasan dando cátedra de como se hacen las cosas, sin conciencia de que así no se hacen las cosas en democracia.

A duras penas sobrellevé la entrevista a un dirigente político y ex presidente del Senado que mientras trataba de agradar a la “sociedad civil” le cayó la siguiente reprimenda de un experimentado trabajador en leyes de partidos durante veinticinco años: “Nosotros en un fin de semana un equipo de cuatro o cinco personas hizo la propuesta y se aprobó a la semana y se entregó… ¿Cómo es posible que ustedes no hayan terminado?”. Aprendan políticos que así es como se legisla. En Chile a eso se le conoce como “La cocina de Zaldívar”.

Finalmente, ya decidido a esas alturas a apagar el televisor, me encontré con una afirmación de otro comentarista quien refiriéndose como “acumulación originaria” a la cosecha de fondos públicos producto de la corrupción -algo así como la forma en que se consiguieron los “primeros cuartos”.  Puede que la confusión no sea nueva ni exclusiva de nuestro comentarista. Eso sí, nunca había visto a nadie decirlo con esa normalidad absoluta y ampliar su observación respecto del concepto señalando que el dinero robado al Estado dominicano por funcionarios -lo que acababa de llamar “acumulación originaria”- se hacía con referencia al Capítulo XXIV de “El Capital”.  Perdonen ustedes, será cierto que Marx “está muerto y enterrado” pero para citar a un autor y su obra, nunca estará demás haberla leído.

Escuchar la cita y acordarme de mis profesores de Economía Política Néstor D’Alessio y Dulfredo Rua fue instantáneo.  Escuchar hablar con tanta autoridad del capítulo XXIV -que nos provocó más de un insomnio juvenil ante la cercanía del examen- y que además le atribuyeran a Carlos Marx que el capitalismo subdesarrollado se caracteriza por la “acumulación originaria” en la que la riqueza se origina en la estafa, el hurto, la corrupción, es definitivamente demasiado original como para que pase desapercibido. En primer lugar Carlos Marx difícilmente pudo haber usado el concepto de “capitalismo subdesarrollado”, pues el término subdesarrollo fue utilizado por primera vez a mediados del siglo XX y la llamada acumulación originaria, cuestión clave en el pensamiento económico de Marx, hace referencia a la separación de los productores de sus medios de producción, especialmente a la expulsión de los campesinos de la tierra.

“Hemos visto cómo se convierte el dinero en capital, cómo sale de éste la plusvalía y de la plusvalía más capital. Sin embargo, la acumulación de capital presupone la plusvalía; la plusvalía, la producción capitalista, y ésta, la existencia en manos de los productores de mercancías de grandes masas de capital y fuerza de trabajo. Todo este proceso parece moverse dentro de un círculo vicioso, del que sólo podemos salir dando por supuesto una acumulación «originaria» anterior a la acumulación capitalista («previous accumulation», la denomina Adam Smith), una acumulación que no es fruto del régimen capitalista de producción, sino punto de partida de él.

Esta acumulación originaria viene a desempeñar en la Economía política más o menos el mismo papel que desempeña en la teología el pecado original. Adán mordió la manzana y con ello el pecado se extendió a toda la humanidad. Los orígenes de la primitiva acumulación pretenden explicarse relatándolos como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos —se nos dice—, había, de una parte, una élite trabajadora, inteligente y sobre todo ahorrativa, y de la otra, un tropel de descamisados, haraganes, que derrochaban cuanto tenían y aún más. Es cierto que la leyenda del pecado original teológico nos dice cómo el hombre fue condenado a ganar el pan con el sudor de su rostro; pero la historia del pecado original económico nos revela por qué hay gente que no necesita sudar para comer.” (Carlos Marx, El Capital, Capítulo XXIV).

Está claro que no se trata de capitalismo subdesarrollado, ni siquiera de capitalismo. Lo que el autor de “El Capital” hace es poner a la acumulación originaria como punto de partida, como la prehistoria del capitalismo, como la “infancia del capitalismo”.  Se trató sin duda de un proceso cruel, hecho a sangre y fuego, pero no todo proceso cruel, hecho a sangre y fuego, puede confundirse con “acumulación originaria”.

Seguramente sería provechoso que los más doctos repasaran las consecuencias que tiene trabajar con conceptos equivocados. Ante tantas frases para el bronce como las emitidas en los últimos días,  he quedado con muchas dudas y ha venido a mi memoria una frase lapidaria que le escuché a José Israel Cuello: “La diferencia  entre la dictadura y esta “democracia” es que cuando Trujillo  nadie podía hablar (excepto el Foro Público) y ahora se habla tanto (y con tanta irresponsabilidad) que nadie escucha.”

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Víctor Suárez
Víctor Suárez, Republica dominicana, EldiariodeSantoDomingo.com, 809 805 2735

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