A Juan Bautista Franco

 

Por Víctor Suarez Franco

 

Sus ojos pequeños se llenaban de luz

al mirar a lo lejos el azul de la montaña,

allá lejos, donde el sudor de su piel morena se mezclaba cada dia con la tierra negra y fecunda.

 

Se levantaba al alba, con el cantar del gallo y aun bajo la sombra de la noche partía, como quien va en busca de un tesoro el cual daba la tierra a su esfuerzo.

 

Feliz en su caballo, al galope por el camino de sol y lluvia, tomando el humo del tabaco como fiel compañero y llevando en cada paso el sabor del negro café aun en su boca.

 

Fragmentaba en dos las aguas del rio con las patas del rocín y se adentraba ligero en la colina hasta llegar al sembradío verde y pario.

 

Gemía en sus manos la tierra y la preñaba de esperanza y simientes y la hacía parir en plural.

 

Bebía el agua cristalina y pura de rio impoluto , el cual corría por los huecos de la loma hasta sus pies de sol. Respiraba el aire puro del cerro y comía las frutas sagradas de las laderas.

 

Yo fui testigo de los rublos y los guisantes frescos, que sus manos prodigiosas cosechaban en la falda sublime de la montaña virgen teñida de verde y azul.

 

 

Un hombre así no muere nunca, el nació para vivir, sobre los arboles, en las cavernas, bajo las piedras y en cada flor bañada por la luz del sol, el vivio en la armonía natural que pide a gritos la tierra en todas sus dimensiones.

 

Juan Bautista, el nombre inmenso,

Franco, el hombre fuerte,

tío tito la ternura.

 

A veces parecía un ser huraño, pero al mirar sus ojos se podía ver la pureza y la dulce alegría de vivir.

 

Pocas veces reía, pero cuando dejaba escapar su regocijo, su risa infinita parecía un tintinar de lindas notas de música rudimentaria, donde el corazón se desnudaba y se podía ver la ingenuidad que acompañaba su alma.

 

De el aprendí la honestidad y el entusiasmo por la actividad a la que me dedicara, pues yo era su haragán, pero además era su Kaliman, su vitico,

yo sentía su cariño cuando me hablaba fuerte, pues en el fondo había un dejo de afecto en la palabra.

 

Por las tardes, mi mirada se perdía a lo lejos a través de los arboles esperando su llegada,  total, era lo mismo, el era mi padre igual, sus hijos mis hermanos, su casa era mi casa y su comida mi comida.

Muchas veces todavía escucho su riza en lo más profundo de mi alma y otras tantas veces se manifiesta su influencia en mi vivir.

 

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